Microrrelato: Dorado

No puedo olvidar sus ojos fecundados de futuro: parecía como si el mañana, se le hubiera vuelto dos pupilas. Nos permitieron acercarnos a “Dorado”, el chivito, para sobar su lomo pero ─a cambio─, mi hermana tuvo que dejarse ser la burla de los peones. “Si te subes la falda y bailas un zapateado, te dejaremos acariciar al chivito”, le propusieron quizá porque mi hermana tenía once años pero cuerpo de quinceañera; a mí, no me pidieron algo a cambio. Quedé prendada de la piel brillante del chivito, bruñida como los trigales, y de su balar de campanas agudas, parecido al de mi hermano pequeño cuando mi madre le niega el pecho. A las pocas horas, los peones lo sacrificaron para celebrar mi cumpleaños número nueve. Mi padre lo asó mientras mi hermana lloraba. Yo, me guardé las lágrimas junto con su recuerdo, el recuerdo de esos ojos fecundados de futuro.

 

Alejandra Meza Fourzán ©

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Mircorrelato: El abuelo

El viejo Germán dormita encima de la banca que suele ocupar de fijo. Una pareja pasa frente a él. “Disculpe ¿qué hora es?”, pregunta. No hay respuesta. El muchacho tiene la atención puesta en su novia. El viejo se queja entre dientes. “Vaya, todos me ignoran. Está de moda ignorar a los ancianos”. Este parque mantiene vivos sus recuerdos, por eso se aferra a él. Aquí, dio su primer beso, allá, junto a ese canalito que separa el jardín de la arboleda, murió ahogado Juan Fernando ─su hermano mayor─, cuando ambos eran todavía niños. Germán reposa la cabeza entre sus manos e inventa memorias nuevas, unas que no le duelan. Casi se queda dormido cuando la voz de un niño lo despabila.

─Hola abuelo.
─No soy tu abuelo, Juan Fernando.
─Sí lo eres. ¿Echamos unas carreras?
─No, ya estoy viejo para eso.
─Tienes razón, abuelo, vamos a jugar a que somos estatuas.
─Que no soy tu abuelo, que soy tu hermano. ¿Cuántas veces te lo he dicho?
─Ya, ya. Juguemos a que somos hermanos y a que somos estatuas.

La misma escena se repite cada tarde. El niño arriba al lugar sin compañía y se encuentra con el anciano. Dialogan, ríen, juegan, se quieren. Para el niño, solo existe el anciano y, para el anciano, el niño. “A él, sí le importo”, se consuela Germán.

De vuelta a casa, el niño pregunta a su madre la razón de haberle bautizado como “Juan Fernando”. Ella le explica que es honor a un tío suyo, a quien nunca conoció.

─Mamá, ¿tú crees en los fantasmas?
─No.
─Mamá, ¿las personas que mueren, como mi abuelo Germán, ya no vuelven?
─Solo en nuestros sueños.
─Yo sé soñar despierto, mamá.

La mujer ignora esa última frase, apaga la luz y el niño, confundido, se queda dormido entre penumbras.

 

Alejandra Meza Fourzán ©

Microrrelato: Infiernos

Seis con cinco y el administrador no llega todavía. Recargada sobre la puerta del local, se refugia de la nevada mientras espera. Una frase le calienta la cabeza: “llévate a mi mamá contigo para siempre, tú no tienes hijos”. Cuando su esposo vivía sus hijas la respetaban, hoy se turnan su cuidado de mala gana. El frío se le cuela por la bufanda, traspasa sus mallas raídas. Esa madrugada, su hija llegó borracha y el esposo la golpeó. La vieja se encerró en su pieza, temerosa, hasta que vio salir la luz del sol, luego se vistió y se apuró a tomar el autobús hacia el restaurante donde labora como cocinera. A las siete con veinticinco llegó don Cuco. “Discúlpeme, doña Tenchita, me quedé dormido”, dijo entretanto abría la puerta. Él se ocupó en lo de siempre: barrer el suelo, acomodar las mesas y las sillas. Ella encendió el comal y se ocupó en amasar tortillas. “Límpiese el sudor de la frente, doña, que los clientes siempre se fijan en la limpieza”. Ella lo hizo con la manga de la blusa, sin quejarse, sabedora de que hay infiernos que calientan aún más que un brasero.

 

Alejandra Meza Fourzán ©

Microrrelato: El rescate

El piano ideó su plan de escape. Cansado de la mujer y de sus exigencias, mismas que obligaron a su amo a tomar otro empleo, se propuso bajar los tres pisos por la escalinata y abandonar el edificio la siguiente vez que el arrendador pasara a cobrar la renta. Recordó con inmensa nostalgia el día de su arribo ─ocurrido décadas atrás─ y la suavidad con que los empleados de Steinway lo empujaron a través de las rampas puestas al efecto.

“¡Qué belleza de instrumento! El nuevo vecino es maestro de música… quizá quiera darle lecciones a Amada, mi nieta”, escuchó a su paso. El rumor atrajo a varios niños del edificio quienes fueron sus entusiastas alumnos, mas luego, llegó ella. El maestro languidecía de agotamiento y él, de la pena de no ser palpado.

Su propósito se frustró pues su amo no volvió más y días después ella abandonó el departamento. Los empleados municipales, lo bajaron sin tacto por medio de cuerdas para abandonarlo a su suerte sobre la acera. Tan pronto el sol besó su caja y el aire arrulló sus teclas, se sintió turbado por su nuevo destino. Unas manos conocidas le devolvieron la tranquilidad: eran las de Amada.

 

Alejandra Meza Fourzán ©

Microrrelato: Carnaval

Él se disfrazó de demonio, ella, de ángel, y anduvieron de la mano por todas las calles del pueblo. Los curiosos que los seguían, sobaban las telas sedosas de sus brillantes disfraces, pero ni el demonio ni el ángel hablaron con persona alguna. Sus antifaces, que lucían una sonrisa perenne, estaban fabricados de cartón hecho piedra, por el que ni sus ojos podían adivinarse. El Jefe de la Guardia recibió la alerta: la joyería había sido asaltada y el joyero, brutalmente lastimado. Al arribar, hallaron al dueño aún tembloroso. Declaró que un demonio lo golpeó y lo ató de manos y pies y que, mientras lo amordazaba, un ángel vació los estantes y en un bolso enorme reunió lo mejor de sus piezas. El agente del Ministerio Público sonrió y se fue; tuvo que desechar el testimonio por absurdo. El Jefe se dijo: «Cuánto odio las noches de carnaval».

 
Alejandra Meza Fourzán ©

Microrrelato: El sueño de la pintura

Los psicólogos aconsejaron a la madre de Renato: debía sacar más seguido al menor. Esa vida entre la casa y el consultorio no era tolerable; la reclusión y la soledad terminarían por hacerle más daño. Decidió, pues, llevarlo al museo. Frente a una pintura modernista, Renato preguntó: “Mamá ¿por qué ese señor no tiene brazos?. “¡Qué sé yo! ─respondió la mujer─ es arte abstracto”. Él insistió: “¿Cómo hace para comer, para jugar o escribir?”. Ella repuso: “No lo sé”. Esa noche, Renato soñó que se liberaba de la mano de su madre por unos segundos y que, con el crayón que celaba en su bolsillo, le dibujaba dos brazos al hombre modernista. “Ahora podrás abrazar a todos los que vengan a visitarte”, le decía. Soñó que un guardia reprendía a su madre y que ella nunca más le permitió salir, soñó que soñaba… todo era tan abstracto.

 

Alejandra Meza Fourzán ©

 

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Relato: “Destino”

La tarde arrulla los árboles y una luz silvestre envuelve el parque como si fuera el cobertor con el que arropo a mi hija; nos encontramos rendidas pues jugamos por horas y, en este instante, miramos al sol ocultarse tras las montañas nevadas. Aguardamos en silencio a que regrese Lucila; no está muy lejos, desde aquí puedo verla de reojo y aún conversa con ese hombre. Yo aprieto a Abril contra mi pecho y sus pequeñas manos descansan sobre las mías; quisiera que este momento no terminase, y oler para siempre su cabello delgado y castaño. Mi hija es el mejor legado que recibí de mi difunto esposo, José.

De pronto, la voz de Lucila interrumpe mi letargo. “Gracias por esperarme, ya podemos marcharnos”, dice mi amiga de toda la vida con una sonrisa sagaz. Abril y yo nos ponemos de pie y comenzamos nuestro andar con lentitud. “Y bien, ¿quién es tu nuevo galán?”, pregunto, y Lucila me da santo y seña: cuarenta y cinco años (los mismos que nosotras), divorciado, dos hijos, buen empleo… Sus ojos resplandecen con ese pueril entusiasmo con el que los he visto brillar varias veces.

Recuerdo la primera vez que vi esa luz, teníamos catorce. José la había invitado al cine y a tomar un helado por lo que me pidió que la acompañara; al parecer, él también llevaría a un amigo. Así fue como conocí a quien sería mi futuro esposo. Hoy ─casi tres décadas después─, entiendo que tal era mi destino, mi llamada.

La dichosa cita resultó en un fracaso para José pues al salir de la nevería Lucila y su amigo se despidieron con un largo y febril beso en los labios. José se abochornó y yo aparté la vista de ellos, avergonzada. “Ese beso hizo que la boca me hirviera”, me confesó Lucila cuando estuvimos a solas, y los ojos se le encendieron de nuevo. El camino hacia el corazón de José me quedó despejado y durante los siguientes días, con el pretexto de darle consuelo, tendí mis redes para ganarme su confianza. Me parecía un muchacho agradable, estudioso, de buena cuna, que no merecía el maltrato de Lucila.

Quizá José siempre estuvo enamorado de mi amiga, nunca lo supe de cierto pero lo intuía. A partir de nuestro matrimonio, puse tierra de por medio fingiendo que el clima de esta ciudad me venía mal, que odiaba la nieve y el frío. Nos mudamos, y Lucila y yo vivimos separadas durante un buen tiempo.

Ella, por su parte, jamás se casó aunque tuvo una docena de novios. Su vida ha transcurrido en solitario, entre altibajos emocionales, económicos y profesionales. En alguna ocasión, me descubrió su deseo de tener descendencia, aun sin casarse. La previne que criar un hijo es una enorme responsabilidad y me escuchó. Ahora que veo cuánto le pesa su solitud, no sé si le di el consejo correcto.

Enviudé hace tres años y decidí retornar a esta ciudad. Deseo que Abril disfrute de la nieve, las montañas, los atardeceres violetas, el maravilloso bosque. Desde entonces, Lucila se ha convertido en nuestra mejor compañera.

Antes de despedirnos, mi amiga me pregunta si estoy de acuerdo en que ella y Abril regresen al parque el día de mañana, pues ha concertado una cita con su nuevo galán. Me lo solicita con ilusión y secundada por los ruegos y saltitos que da Abril, así que no puedo negarme.

Tan pronto terminamos nuestra cena, escolto a mi hija a su dormitorio y la acaricio hasta que concilia el sueño. Tiene once años apenas, pero sé que pronto se fijará en los hombres, y éstos en ella. Se parece en todo a su padre. José y yo, fuimos una buena pareja, pero sus besos nunca me hicieron sentir un hervor en la boca.

Espero que un día Lucila se enamore de verdad, y que conozca el amor de alguna forma o de otra. De corazón deseo que el Amor ─así, con mayúscula─ figure en su destino.

 

Alejandra Meza Fourzán ©

Microrrelato: El acertijo

El abuelo se empeñaba en hablarles a sus nietos con acertijos, pues argüía que así estimulaba su imaginación. Les imponía retos: “este domingo, la abuela les horneó una tarta de señoritas blancas vestidas con capas rojas, si quieren un pedazo adivinen de qué se trata”, o bien, los hacía reflexionar: “los espera un regalo sorpresa al pie del señor gordo de brazos largos que reina en el jardín”. Una tarde que jugaban a las escondidillas, les ofreció una pista: se ocultaría dentro de la oscura cueva de madera. Los nietos tardaron media hora en hallarlo, cuando por fin lo encontraron en el interior de un viejo armario, corrieron adonde la abuela. “¡Tita, el abuelo está jugando a las estatuas de hielo, no se mueve!”. Acertijos, acertijos…

 

Alejandra Meza Fourzán ©

Microrrelato: El niño del futuro

Cuando la maestra les pidió presentarse frente al grupo, dijo: “Soy Andresito y vengo del futuro”. Las burlas no se hicieron esperar, ni el torrente de apodos que diluvió sobre su persona. “Ea, niño galáctico, ¿en dónde aparcaste tu nave?”, le preguntaban. “No necesito”, respondía. “¿Y cómo nos ves en el futuro?”, insistían para acosarlo. “Son todos unos perdedores”, replicaba. Cada tarde, la madre acompañaba a Andresito a la tienda de abarrotes pero esta vez, presa de una migraña, lo envió con tres monedas para un envase de leche. Los compañeros de colegio quienes de continuo lo hostigaban, aprovecharon su solitud para abordarlo. “¡Toma esto, niño del futuro!”, gritó uno y lo golpeó con una piedra, acción que los cinco restantes repitieron hasta verlo caer y dar con el cráneo en el asfalto. Las sombras de ese crimen conjunto los persiguieron esa tarde, y otra, y otra… les cambió el futuro.

 

Alejandra Meza Fourzán ©

Microrrelato: Los desconectados

Tomás decidió diferenciarse del resto y “desconectarse” de la redes sociales y sus banalidades. Clausuró sus cuentas de correo electrónico y desactivó todos sus perfiles; se sintió tan liberado que se le notaba. Benito lo imitó y se le unió en una campaña para animar a sus familiares y amigos a dejar de lado las modas esclavizantes que obstaculizan la convivencia real que no virtual. Pronto, un copioso grupo de ciudadanos siguieron su ejemplo, sin embargo, había a quienes la desconexión no les costaba trabajo y a quienes les implicaba un esfuerzo mayúsculo; para ellos, se formó un grupo de apoyo encabezado por los fundadores de la corriente colectiva (ahora lo era) conocida como “Los desconectados” y por un panel de especialistas. Alcanzaron tal fama e influencia a nivel nacional que tuvieron que difundir su ideología a través de YouTube y crear sus perfiles en Facebook y Twitter. ¡Bendita tecnología!

 

Alejandra Meza Fourzán ©