Tan mía

Tan mía que no quiero ser algo más; ni orilla, ni río ni espuma. Trino, sí; nido, quizá; mas no pájaro. Ser más plana que una mesa, ser tan solidaria y fiel como es un carril del tren a su par.

Tan mía que prefiero no ser: dormir por un siglo entero, acallar todas las voces y ruidos; mirar a las gentes pero no ver, rozarles los ojos y no sentir, abrazar sin ser tocada; morir al mundo por unos instantes y él se muera para mí.

Tan mía que haré una alacena con versos. Aquí los de odio, acá los de vida, allá los versos que matan. Abrirla de vez en vez, cuando necesite un pan o veneno para partirme el alma.

Tan mía que dejaré mi cuerpo a secas, ¿para qué el agua si se vive a oscuras? Heredaré mi existencia a la nada, se la donaré a los vientos, a ver si ellos me regresan una hoja cuando menos.

 

Alejandra Meza Fourzán ©

 

Zhaoming Wu, “In the shadow”.

Zhaoming Wu, “In the shadow”.

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3 comentarios el “Tan mía

  1. lufolino dice:

    Hola, Alejandra. Me recuerda un poema de Silvia Plah, que ahora no encuentro, en esta misma línea.

    Últimas palabras

    No quiero una caja sencilla, quiero un sarcófago
    de atigradas listas y un rostro pintado, redondo
    como la luna, que mire, quiero
    estar mirándolo cuando lleguen, escogiendo
    entre minerales mudos, raíces. Véolos
    ya: los pálidos, astralmente distantes rostros.
    Ahora no son nada, no son siquiera criaturas.
    Imagínolos huérfanos, como los primeros dioses,
    de padre y madre, se preguntarán si tuve importancia
    ¡Debí haber preservado mis días, como frutos, en azúcar!
    Mi espejo se empaña:
    unos pocos hálitos, y no reflejará ya nada.
    Las flores y los rostros blanqueantes cual sábanas.

    No confío en el espíritu. Huye como vapor en mis sueños,
    por la boca o los ojos. No puedo impedírselo.
    Un día se irá para no volver. Así no son las cosas.
    Permanecen, sus luces idóneas se calientan
    en mis manos frecuentes. Ronronean casi.
    Cuando se enfrían las suelas de mis pies, los ojos azules,
    mi turquesa, me darán solaz. Déjame
    mis cacharros de cobre, déjame los cacharros de afeites,
    que florezcan en torno a mí como flores nocturnas, aulentes.
    Me envolverán en vendas, almacenarán mi corazón
    bajo mis pies, bien envuelto.
    Conoceréme a mí misma. Seré noche
    y el relucir de tantas cosas será más dulce que el rostro de Istar.

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